Recuerdos

Publicado: febrero 14, 2013 en Jgmv

No, no me refiero al disco musical de cierto trovador nacido en Colonia Yucatán, así que ya pueden seguir leyendo.

Cuando era más pequeño (sigo siendo un cachorro), tuve la oportunidad de conocer varios lugares de la República Mexicana. Eran viajes de varios días, en los que desayunábamos en un estado y cenábamos en otro. Me la pasaba mirando todo el tiempo por la ventana, jugando con las manchas que dejaban las gotas y el polvo. Llevaba conmigo todo el tiempo una cangurera en donde guardaba los juguetes que no quería que se separan de mí (tómalo Andy, los míos siguen en algún lugar privilegiado de mi cuarto batallando con los mosquitos). En un compartimento de esa cangurera, habían boletitos, piedras o algún objeto que desaparecía misteriosamente de algún lugar y que posteriormente pasaban a una caja que era mi máquina del tiempo, en donde esperaba que después de algunos “mañanas”, la observara y recordara todo.

Hasta hace dos semanas saqué varias piedras de lugares no identificados, tickets de algún Moy, recórcholis o tazos que ni recordaba que tenía. Calcomanías repetidas del álbum de Dragon Ball, hielocos y uno que otro carrito sin ruedas. Volantes de tiendas ya desaparecidas, envolturas con las que perfectamente puedes analizar la evolución de la marca e incluso chocolates que no me atrevería a comer (cuántos años llevarán allá?).

No sé en qué momento de mi vida, consideré que guardar mis exámenes de la escuela, e incluso mis trabajos entregados, eran buenos recuerdos.

Mis tesoros más preciados son las cartas que recibía. Pareciera que al teclear todo por la computadora no se transmite ese romanticismo que sólo una carta puede tener. Con todas esas hermosas faltas de ortografía y la aparente prisa por ser escritas, o el cuidado por escribir sin salirse del renglón. Las leo y no puedo evitar sonreír. ¿Eso pensaban esas personas de mí? ¿Tanto hemos cambiado? A veces pienso que sigo siendo aquél muchacho que se sentaba frente al reproductor de cd’s antes de ir a la escuela para escuchar música y cantar y así salir contento sin temor a algo más.

Entre todo eso, también estaban hojas de guiones e ideas frustradas, documentos de algunos trabajos y accesorios para la computadora o algo que en su momento creí que sería de mucha utilidad.

Me di cuenta que tenía demasiadas cosas y que no todos eran recuerdos que quisiera seguir manteniendo. ¿De qué me servía guardar todo eso si en algún momento puedo desaparecer y alguien no le encuentra sentido? Decidí ir por algunas bolsas y pedirme perdón por no reciclar o reutilizar cosas. Rompí muchos papeles y me deshice de muchos objetos. Había algo de terapéutico en todo eso y seguí por varias horas. Fui algo cobarde y quise darles otra oportunidad a algunas cosas.

Andamos por la vida coleccionando en muchas ocasiones basura. Tan sencillo es decir “no, gracias” y seguir avanzando. Pero precisamente ese “no, gracias” en muchas ocasiones se nos hace pesado y decidimos obviarlo, deteniéndonos cada vez un poco más, hasta llegar al punto que nos asfixiamos con nuestras cosas.

Quería que muchos de esos recuerdos se mantuvieran donde están, en mi mente, así como los viajes que tuve la fortuna de hacer de pequeño, en donde mi cámara fotográfica apenas me muestra un poco de lo excelente que aparecen cuando vienen a mí esos paisajes, la comida, la compañía y los días creciendo con mi familia.

Son recuerdos que ya no volverán, pero mientras puedan regresar a mí, seguiré siendo afortunado.

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