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Conocí muy poco de esa persona, aunque cada vez que platicábamos me comentaba de la época en la que gracias a la música que tocaba, conoció a las famosas águilas del América de los 80 y de cuando conoció a José José y a otros músicos. Dada su condición actual deteriorada por un pasado dedicado en el que figuró mucho el licor, me parecía difícil de creer, hasta que vi las fotos.

Le conocí porque quería recordar aquellas películas que veía en la pantalla que tuviera enfrente. Quería ver de nuevo a través de sus oídos, tener fresca la imagen del Titánic siendo golpeado por el iceberg, de, ex gobernator en un kinder o de James Belushi con su compañero perruno.

A pesar de su discapacidad visual y de tener la mitad de su cuerpo sin movimiento, salía a buscar su Pepsi light de litro y medio y su pingüino, pequeños y mortales placeres que conservaba aun sabiendo que no se llevaban con su diabetes.

A diario le veía y me pedía que le ayudara con un camino difícil para él y de recompensa me daba un refresco, al que mayormente me negaba recibir y que acababa en el refrigerador siendo bebido por alguien más. Si no lo aceptaba, se enojaba demasiado. Decía que aunque era poco el dinero que tenía, me invitaba de corazón, tal como lo hizo el día de su cumpleaños, que para festejar me invitó a un refresco más grande.

No tenía mucho que ofrecerle. A veces música, a veces comida, a veces más películas. Recuerdo que en una ocasión fui a su casa a prepararle un sandwich. Decían que no debía hacerle favores porque él lo tomaba como que después era una obligación que tenía que hacerse a diario. Abrí el viejo refrigerador (que además me dio toque) y entre tanta comida podrida, había un poco de mayonesa, jamón, queso y panes para perros calientes. Solo veía como andaban los ratones y una que otra rata cerca de la mesa.

Uno de mis temores es no saber qué hacer con las cosas de alguien que conviviste y ya no está para tenerlas. Hoy decidí que esas películas dobladas al español y la música de Rulli Rendo, Styx, Toto, Rumba 3, Los aldeanos, Los askis, Los ángeles negros, Cañaveral, Sergio Faccelli, Danny Berrios, Umberto Tozzi, Sandro Giacobbe, entro muchos otros más, tenían que desaparecer de mi computadora. Las guardaba por si él las quisiera de nuevo, al igual que El hombre elefante con Anthony Hopkins hablando en castellano (decía que no reconocía la voz de don Hannibal Lecter en esta ocasión).

En una ocasión le reprendí por no cuidarse y cual pitonizo que ha visto su futuro decía que solo quería vivir feliz sus últimos días.

Cuando empeoró, no estuve ahí.

No regresé cuando ya había perdido varios dedos del pie ni a darle por enésima vez la película de Titanic.

Se me hizo muy triste cuando me enteré de su deceso. No llegaba ni al medio siglo de vida y se me hacía cruel pensar que quizás debió pasar antes ya que mayormente estaba solo y muy deteriorado.

La primera vez que le vi estaba tocando su batería en Tulipanes, me imagino que habría sido una cumbia, la verdad no lo recuerdo, muy concentrado en lo que hacía y luego saludando a los presentes. Con su viejo bastón intentaba emular esos momentos con una sola mano. Quizás se fue para seguir escuchando música y tomar todas las bebidas que pueda en su otra vida. Quizás se arrepintió de su vida de excesos. Quizás solo seguía viendo las imágenes de sus películas en su mente.

Tal vez no sea una persona que muchos recuerden de forma muy agradable ya que era muy gruñón y se peleaba con mucha gente, además de deberle dinero a todo el mundo, pero me alegro de aunque sea por poco tiempo, haberle ayudado de nuevo a escuchar esos ritmos que él disfrutaba y de revivir aquellas películas que le gustaban mucho.

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Recuerdos

Publicado: febrero 14, 2013 en Jgmv

No, no me refiero al disco musical de cierto trovador nacido en Colonia Yucatán, así que ya pueden seguir leyendo.

Cuando era más pequeño (sigo siendo un cachorro), tuve la oportunidad de conocer varios lugares de la República Mexicana. Eran viajes de varios días, en los que desayunábamos en un estado y cenábamos en otro. Me la pasaba mirando todo el tiempo por la ventana, jugando con las manchas que dejaban las gotas y el polvo. Llevaba conmigo todo el tiempo una cangurera en donde guardaba los juguetes que no quería que se separan de mí (tómalo Andy, los míos siguen en algún lugar privilegiado de mi cuarto batallando con los mosquitos). En un compartimento de esa cangurera, habían boletitos, piedras o algún objeto que desaparecía misteriosamente de algún lugar y que posteriormente pasaban a una caja que era mi máquina del tiempo, en donde esperaba que después de algunos “mañanas”, la observara y recordara todo.

Hasta hace dos semanas saqué varias piedras de lugares no identificados, tickets de algún Moy, recórcholis o tazos que ni recordaba que tenía. Calcomanías repetidas del álbum de Dragon Ball, hielocos y uno que otro carrito sin ruedas. Volantes de tiendas ya desaparecidas, envolturas con las que perfectamente puedes analizar la evolución de la marca e incluso chocolates que no me atrevería a comer (cuántos años llevarán allá?).

No sé en qué momento de mi vida, consideré que guardar mis exámenes de la escuela, e incluso mis trabajos entregados, eran buenos recuerdos.

Mis tesoros más preciados son las cartas que recibía. Pareciera que al teclear todo por la computadora no se transmite ese romanticismo que sólo una carta puede tener. Con todas esas hermosas faltas de ortografía y la aparente prisa por ser escritas, o el cuidado por escribir sin salirse del renglón. Las leo y no puedo evitar sonreír. ¿Eso pensaban esas personas de mí? ¿Tanto hemos cambiado? A veces pienso que sigo siendo aquél muchacho que se sentaba frente al reproductor de cd’s antes de ir a la escuela para escuchar música y cantar y así salir contento sin temor a algo más.

Entre todo eso, también estaban hojas de guiones e ideas frustradas, documentos de algunos trabajos y accesorios para la computadora o algo que en su momento creí que sería de mucha utilidad.

Me di cuenta que tenía demasiadas cosas y que no todos eran recuerdos que quisiera seguir manteniendo. ¿De qué me servía guardar todo eso si en algún momento puedo desaparecer y alguien no le encuentra sentido? Decidí ir por algunas bolsas y pedirme perdón por no reciclar o reutilizar cosas. Rompí muchos papeles y me deshice de muchos objetos. Había algo de terapéutico en todo eso y seguí por varias horas. Fui algo cobarde y quise darles otra oportunidad a algunas cosas.

Andamos por la vida coleccionando en muchas ocasiones basura. Tan sencillo es decir “no, gracias” y seguir avanzando. Pero precisamente ese “no, gracias” en muchas ocasiones se nos hace pesado y decidimos obviarlo, deteniéndonos cada vez un poco más, hasta llegar al punto que nos asfixiamos con nuestras cosas.

Quería que muchos de esos recuerdos se mantuvieran donde están, en mi mente, así como los viajes que tuve la fortuna de hacer de pequeño, en donde mi cámara fotográfica apenas me muestra un poco de lo excelente que aparecen cuando vienen a mí esos paisajes, la comida, la compañía y los días creciendo con mi familia.

Son recuerdos que ya no volverán, pero mientras puedan regresar a mí, seguiré siendo afortunado.

De vuelta a San Román

Publicado: enero 5, 2013 en Jgmv
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Tengo una foto enfrente de mí que la veo a diario para no olvidar muchas cosas. Es fácil caminar y poco a poco ir perdiendo el piso. Pero ellos me hacen recordar que muchas veces menos es más.

Hace año y medio que no pisaba un lugar que me gustó mucho, tanto por sus personitas como por lo que viví ahí. Había tenido otras experiencias en comunidad, pero se limitaban a hacer mi trabajo y ya. Sólo en eso quedaba, algo de lo que comúnmente me burlo de las personas que piensan que ir a comunidad es solo la periferia de Mérida y nada más, una embarradita de comunidad, como aludo a las ganas de ellos por salir de su ciudad y verificar si lo que leyeron en sus libros resulta ser como lo que se encontrarán al llegar. Ingenuos.

Resguardé unas fotos que debí llevar desde hace muchos ayeres, pero en ellas guardaba mi promesa de no olvidarles, de estar ahí de nuevo y conforme pasaban los días, creía que tarde o temprano tendría que romper esa promesa. Un ciclo escolar ya había transcurrido y otro baile de graduación que me perdía.

En mis sueños ahí estaba, ese pueblito de pocas casas y mucha marginación, de tortillas hechas a mano al por mayor y de nulas oportunidades al abrir la puerta de la casa. Pero no todos tienen que tener un estilo de vida similar al nuestro para ser felices y con el día a día, ellos reflejan eso y más.

Finalmente llegó el momento y 24 horas antes, casi no podía dormir. No me la creía, estaba cerca. Quería pensar en lo mucho que pudo haber cambiado San Román, pero no podía hacerlo sin pensar de forma egoísta. Por una parte quería que la carretera esté lista para que la gente pueda acceder más fácilmente, pero no quería que eso mismo cambiara la forma en la que vivían. ¿Me recordarán? Pensaba que si al menos uno daba testimonio de que yo estuve alguna vez ahí, con eso ya era afortunado.

Tan sólo estar en el pueblo vecino, ya había sentido como mi corazón se aceleraba, como el sudor empezaba a caer y los recuerdos aparecían sin algún orden en específico. Y llegué.

-No se va a morir maestro Jaime, no se va a morir.

-???

-Todavía ayer le decía a mis hijas, que fue una lástima que perdiera su número porque tenía ganas de mandarle un mensaje para ver si se encontraba bien y hoy se aparece acá.

Me acercaba a los niños, los abrazaba y les hablaba por su nombre…claro, de los que recordaba. Ellos decían el mío y poco a poco llegaban más. Entregué las fotos y algunos regalitos más que me acompañaban y no quise tomar fotos de esto. Son imágenes que quedarán celosamente guardadas en mi mente.

Una comida de venado con tortillas hechas a mano e invitaciones para regresar y sabía que la visita ya estaba terminada, había que continuar con el camino para que al volver a casa aquella fotografía me siga esperando, animándome a no rendirme porque siempre hay un lugar al que queremos regresar.

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Miedo

Publicado: junio 21, 2012 en Jgmv
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(Sin el punto com, por favor, un poquito pasado de moda y además la película fue malísima…por cierto, seriedad no encontrarán en este post, advertidos están)

Hay quienes al oír un ruido en un cuarto oscuro en la noche sienten el miedo. Unos más tienen el infortunio de vivirlo en tiempos de guerra: disparos, matanzas, gritos y demás. Otros, cuando les llega el estado de cuenta de sus múltiples tarjetas, desde la de Banco Azteca, pasando por Coppel hasta la C&A internacional, con eso de que quieren tener Visa y Mastercard. Muchos son los que a pesar de ya estar algo más entrados en años, no han podido concluir de ver “Eso”, de Stephen King, a quien le deben varias personas sus traumas con los payasos. Y es que aquí, todos flotan.

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Míralo directo a los ojos y dile que ya no le tienes miedo…uay, no

Imagínate en un futuro no muy lejano, un escenario post 1 de Julio en donde nos enteramos que el copete es el nuevo peinado de moda, como la televisión nos ha querido vender (tema de otro post).

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“¿Por qué todo yo?”

Pero el mío…un momento…no puedo seguir…

(15 minutos después)

¿En qué estábamos? Ah, sí, los miedos. El mío…

…viene en una estatura menor a los 100 cm…y no es precisamente él…si no lo que deja…y hay muchos nombres para eso. Elegantemente podríamos decir “voy a hacer heces fecales”, o por impotencia o enojo decimos “mierda”. Luego viene una más que prefiero no decirla, me suena grotesco: caca. Y también…la del problema…la que aún sigo recordando y siento el sudor frío bajando por mi espalda. El momento en que él abrió la boca y dijo “po-po”.

Debo aclararte, querido lector, que solía ser el más pequeño de mi casa. Jamás cuidé a otro niño y nunca he cambiado un pañal. En algún momento llegará, pero espero que sea pronto y que ya los niños “caguen” (finísima persona) con olor a flores. Mundo perfecto.

Pero regresemos a mi situación, todavía necesito continuar con la catarsis.

Mi sobrino se encontraba con unos retortijones y le pregunté qué le pasaba. Y él me contestó las cuatro letras que les mencioné. Miré a mi otra sobrina y cual super tío en alguna emergencia traté de que ella se hiciera cargo. Pero el enanito no quería a otra persona. Ya me había visto y no me iba a dejar seguir tranquilo con mi vida.

Temeroso de que pudiera ocurrir un accidente en la cocina, corrí con él entre mis brazos…bueno, a una distancia prudente de mi cuerpo por si le ganaba. Llego al baño y lo siento. Con toda la valentía a punto de personificarse, grité “mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa”…y no se aparecía.

No podía más que convivir en ese pequeño cuarto destinado a la lectura de revistas y periódicos de días anteriores. 2 x 2 m que en mi desesperación parecían 50 cm de lado. Él me miraba sin entender mi preocupación y lo que me dejó atónito fue…su risa. Me imaginé que lo comprendía y disfrutaba mi padecimiento. Más todavía cuando al concluir su desagüe me dijo “pa-pel”. Inocentemente creí que era para limpiar su cara…o jugar con él…o hacer barquitos…o no sé, guerra de papel. Pensé “niño prodigio ya sabe limpiar su traserito”.

Cuando le alcancé el papel, él…hizo lo que me temía: señalarme que esa sería mi función en todo este proceso. Comprendí que en realidad me convertí en víctima y decidí nuevamente pedir apoyo. Mi jefaza de mi vidaza no se hallaba cerca y fueron minutos en los que no sabía que hacer, si ceder a sus bajos instintos o dejarlo sentadito hasta que alguien notara su ausencia…o él lugar por donde había pasado con sus huellitas que lo evidenciaban.

Hasta que la luz llegó. Al fin mi mamá llegó a mi auxilio y pude continuar con mi vida, no sin antes darme cuenta que esto dejaría secuelas en mi vida que difícilmente se podrían resarcir. Al menos hasta que llegue a la paternidad y tenga que cambiar los pañales. Ojalá que para eso ya salga con olor a flores.

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¿A poco a ustedes no les da miedo esto?

Ya llevo casi 5 años tecleando en este pequeño tramo de la carretera virtual y es la primera ocasión que le he dado seguimiento en tres ocasiones a un mismo tema. Tal vez dirán “ya, chale con lo mismo”, pero es indiscutible que el tema vuelva a mi mente. ¿Qué hago? Aun hay personas que me lo siguen preguntando. Es difícil andar por la vida con un cartel en el cuello o una etiqueta en la frente (además de lo molesto que debe ser) y ya se va terminando mi segunda temporada en algo que no creí que pudiera durar tanto y aclaro que no porque no me gustara, sino porque no me imaginaba más allá.

El año anterior el reto fue la comunicación. ¿Cómo te entiendes con alguien si ni siquiera hablas el mismo idioma? A base de mucho esfuerzo, de muchas horas dedicadas y algunas partidas de Peggle en mi computadora, pude dar unos pequeños pasos. No digo que haya cambiado la vida de muchas personas, porque la verdad es que no logré hacer clic con muchos niños ni con los profesores. Tal vez uno o dos, que recientemente me enteré que siguieron estudiando. Y eso, ya es una alegría para mí.

Recuerdo mi pequeño pueblito de San Román, Chemax y me siento un completo malagradecido porque ya casi un año después, no he regresado. No es que no los quiera ver, al contrario, cada semana estoy pensando escaparme y ver como han cambiado las cosas. Si ya por fin tienen carretera (en Campamento Hidalgo finalmente ya hay luz), cuántos niños decidieron estudiar y qué tanto han crecido los canijos desde la última vez que los vi. Esas tardes platicando con los niños y jugando con ellos…parecen tan lejanas y que otra persona me las ha contado y adopté como uno de mis recuerdos.

Ahora estoy en dos escuelas totalmente diferentes.

Al terminar el curso pasado, me di cuenta de varios errores que tuve y pensé que si trabajara en una escuela cercana a mí, podría enmendar varias de mis fallas. Que todo sería más fácil. Y no, no lo es.

Llegas a una escuela donde ya hay una forma de trabajo establecida y ves que muchos se están esforzando y la participación de los niños y te quedas nada más con tu expresión de “wow”. Claro, no con todos los profes pasa lo mismo y muchos papás a regañadientes ayudando en la escuela, pero es importante que alguien ya les haya hecho ver que para que la escuela prospere, todos tienen que ayudar. Llegué y pensé que no había cupo para mí, me sentía piojoso y sin mucho que aportar. Pero el show debe continuar.

Me encantó la forma en la que los niños se acercaban a contarme sus problemas, sus inquietudes, a saber sobre mi vida, porque claro, debería ser algo recíproco. No vas nada más a verles la cara, en el proceso, hasta haces nuevos amigos, de muy pequeña estatura.

Me quito de ahí con una sonrisa, muy contento del tiempo que paso allá. Si, tengo que madrugar para llegar a las 7 am, pero eso me viene valiendo un sorbete cuando me doy cuenta de que hay caras contentas y que en verdad están aprovechando el poco tiempo que estoy allá.

Pero no todo ha salido bien. Uno quisiera que en todas las escuelas haya la misma disposición por parte de los estudiantes o el apoyo de los profesores, pero no siempre es así. Mi otra escuela es prueba de ello. Y no digo que todo sea culpa de los profesores (aunque si tienen una parte de culpa, creo que hasta yo). Una comunidad fracturada. Donde si no es apoyo monetario, no les importa. Cada día me asusto más por las cosas que escucho y que afortunadamente no me ha tocado ver. Maltrato intrafamiliar, alcoholismo, prostitución, drogadicción, violaciones. Sólo en mi primer semana ya había un muchacho con un brazo roto. Y lo último fue un taxista asaltado, estropeado y violado por muchachos de 16 y 17 años.

Es difícil estar y no darse cuenta de las problemáticas que aquejan a los estudiantes, tan desmotivados para continuar estudiando y creyendo que cargando cajas y recogiendo basura, ya la hicieron. Al fin y al cabo, siempre tendrán hijos para que los bequen y reciban dinero por ellos. ¡Qué pensamiento tan mediocre! Y cuando te das cuenta que esa es su situación, ese es su día a día, comprendes muchas cosas. Niños que tienen miedo a dormir porque el papá podrá llegar y por que se le antoja, estropearse a su hijo. Me he enterado de tantas cosas que muchas veces se te hacen muy difíciles de digerir y de tener discreción.

Mi primera pregunta es ¿y las autoridades? ¿por qué alguien no ha hecho algo antes? Eso es a lo que se han acostumbrado, lo que ellos creen que es vida, no digo que sean todos, pero sí una parte significativa. Mi avance ha sido menor, pero me he enfocado en un grupo. Les he mostrado algunas pequeñas herramientas que les podrían servir en el futuro y vaya que llegan motivados a la escuela.

Y ya por fin se acerca el fin del curso, lo que probablemente traiga el final de un ciclo. No sé que será de mí para los próximos meses, aunque tengo unos pequeños proyectos que desarrollar y muy probablemente comunidades por volver a visitar.

Nos leemos pronto.

P.D. Si quieren leer la parte uno y dos, pueden visitarlas en los siguientes links:

Parte 1:https://jaimemartin.wordpress.com/2011/03/29/la-vida-de-un-tutor-en-comunidad-parte-1/

Parte 2: https://jaimemartin.wordpress.com/2011/06/01/la-vida-de-un-tutor-en-comunidad-parte-2/

 

2191 días

Publicado: enero 26, 2012 en Jgmv
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No soy partidario de gritar en las redes sociales mis sentimientos hacia otra persona. Pienso lo siguiente: “dime lo que gritas en Facebook y te diré de qué careces”. ¿Por qué opino esto? No sé, se me hace algo de hipocresía el decir “oh, mi vida, cuánto te amo, cuanto cada granito de mi reloj de arena para poder tenerte cerca de nuevo”, cuando en realidad esas personas se andan agarrando de los chongos y gritándose hasta de qué se van a morir. No sé, como que fingir algo que no es del todo cierto. Además de que creo que es similar al síndrome de la suegra metiche. ¿Por qué se mete en lo que no se debe? Porque hay una persona que se acerca a contarle lo que en teoría se debe resolver entre dos personas y nada más. ¿Qué gano posteando que odio a tal persona? Pues que mis amigos o conocidos tengan esa misma perspectiva sobre esa persona y cuando se da la reconciliación ¡sopas!, ya ha dejado de caer bien.

Entonces, explicado esto, procedo a hacer algo que no acostumbro.

Soy fanático de hacer listas. Me gusta tener algunas cosas muy ordenadas. Y sobretodo hay cosas que no olvido, como las fechas. Y mucho menos una como esta.

Hablar de eventos que marcan significativamente tu vida y se cuelan constantemente en tus recuerdos, por lo agradable que son, es resumirse a algunas pequeñas imágenes que acomodamos en nuestro cerebro. Una primera palabra, una mirada, un beso, un te quiero, un te amo, un ¿quieres estar conmigo?

Darte cuenta de que esa persona ha estado en partes importantes de tu vida y se ha vuelto cómplice de muchos de tus secretos es digno de enmarcar para siempre en la memoria, sin importar lo triste o nublado que haya sido ese viaje.

Caigo en la cuenta  y me fijo que si pudiera agradecer el tiempo, no habría moneda, regalo, situación híper-melosa o grito descomunal que lo pague.

Entonces, ¿cómo lo agradezco?

Por la misma historia, la otra persona no busca que se le agradezca. Porque no hay recompensa alguna, y sí más momentos en los que tengas que desahogarte, en los que el estrés sea tal que con una palabra mágicamente te olvides que el reloj sigue su curso.

Creo que diciendo “muchas gracias por estos 6 años que haz pasado conmigo” me quedo muy limitado con lo que realmente siento, no hay post en Facebook que pueda describir lo que significa que estés a mi lado.

Gracias por estos 2191 días.

Pastel de galletas

Publicado: septiembre 27, 2011 en Jgmv

Nada más abrir el refrigerador y ya observé que colándose entre refrescos, frutas y restos de comida, aparece un pequeño pedazo de pastel de galletas. Llega el momento en que parezco aborrecerlo. Cada semana hay una rebanada en el refri, y no es que sea el mismo sino que lo piden mucho.

Me pongo a pensar en el día que abra el refri y ya no quede ni el pedazo más pequeño. Cuando por temporadas largas, la única forma de adquirir pastel de galletas, sea comprándolo. Y no se haga desde mi casa.

Me dirán “¡qué tonto eres!”. Y vaya que lo he pensado. Mucha gente que ha pisado mi casa, ha coincidido en que las habilidades culinarias de mi querida mamá no se ponen en duda. Llega el punto en que hasta envidia le da a algunos. En ocasiones, llegan mis amigos no a visitarme, sino a preguntarle a mi querida jefecita cómo hacer ciertos guisos.

Hace algunos años, después de la pérdida de mi abuelita, probé un chocolomo, que aunque estaba muy bueno, no era como el que mi abuelita preparaba con tanta dedicación que hacía que todos corriéramos a comerlo. Lo que me provocó en ese momento fue llanto. Pensar que no iba a probar de nuevo esa deliciosa comida. Pensar que no iba a contar de nuevo con su presencia.

Cuando eres pequeño tus primeros super héroes son mamá y papá. Super papá llega después de salvar el mundo para ayudarte a resolver tus maléficos problemas matemáticos. Super mamá está mentalizada a que domingo a las 11:59 pm recuerdes que al día siguiente tendrás que llevar una planilla de la primavera o de Benito Juárez y a salvarte de un “no trabaja en casa” quién sabe como. Y lo lograban.

Parecía que no valorabas lo que en ese momento hacían por ti, pero nada más lejos de lo real. Creces y solo buscas formas de retribuirlo, aunque sea empezando por una pequeña e íntima cena. Sabes que es muy poco tomando en cuenta las noches que han pasado desvelados por la fiebre que tuviste, o lo corto que se han quedado a raíz de tus medicinas o que por comprarte aquél juguete con el que tanto te entercaste sacrificaron una velada en pareja.

Sueñas miles de formas de devolverles lo que han hecho por ti, intentando materializar ese cariño. Obvio que es un imposible. Porque mientras tu luchas por ponerles una casa nueva, o una televisión, estás trabajando tiempo extra por obtenerlo, sin darte cuenta que lo que en verdad importa es que ese tiempo se los dediques a ellos, porque el que estés aquí es lo que quieren más que nada en el mundo.

Pides que los momentos sean eternos, algo tan imposible como pedirle a la estrella fugaz que se detenga para admirarla muchas horas más. Los momentos que hayas dejado pasar, jamás regresarán y luego el lamento será lo único que nos quede.

A veces pienso que me gustaría compartir a mis papás con todos, porque todos deberían disfrutar de una familia. Es de las pocas cosas en las que prefiero ser egoísta, dándome cuenta de lo afortunado que he sido.

También creo que jamás llegaré a ser la mitad de lo que ellos son. Pero he tenido un buen ejemplo en casa y me gustaría en un futuro poder emular al menos una pequeña parte.

El día que ya no encuentre más pastel de galleta en el refrigerador, en verdad será un día desafortunado.